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7.06.2010

Ne Change Rien (Pedro Costa, 2010)

por: Jesús Miguel Sáez González

Fragilidad, un solo instante, tal vez son esas insinuaciones que produce la luz, en medio de la oscuridad, estallando como una luz blanca intensa sobre fondo negro, y la fuerza de la creatividad emerge siempre a golpe de repeticiones, del trabajo insistente pero tenaz, son quizás esos ensayos, esos intentos de grabación, algunas canciones en directo las que se delatan como fragmentos de un todo, y solo el trabajo es insistente, pero tenaz, como expresiones propias dentro de la tiniebla de una disciplina que aun intenta aprender a dominarse ( como esa escena en primer plano sostenido donde se muestra el rostro de Jeanne Balibar, mientras ensaya una opereta de Offenbach que se dispone a cantar en Tokio, probablemente, mientras que la voz de la profesora de canto en voz en off, fuera de campo, la detiene, corrige, dirige cada estrofa, mientras que el rostro de Jeanne, sufre, lo intenta, se reinventa, se agota), nada por tanto ocurre fuera, solo meros apuntes intuitivos (como esas dos mujeres orientales mirando a cámara o no, fumando), percibidos solo mediante escenarios cerrados (salas de audición, por ejemplo) sostenidos por planos estáticos, que esculpen miradas y rostros -que tan cercanos se sienten de Caravaggio, oscureciendo las sombras y trasformando el objeto en un eje de luz cada vez más penetrante-, investigándose las posibilidades del fuera de campo y la contraposición de planos sonoros de modo radical.

4.07.2010

Crítica de "The Ghost Writer"

The Ghost Writer (el escritor) de Roman Polanski

Por: Jesús Miguel Sáez González

Más que un argumento (sobre la guerra de Irak y las responsabilidades éticas o morales de Alan Lang versus Tony Blair, y de un negro literario que trata de dar forma a unas memorias) y unos personajes elaborados - que subyacen dentro del texto de Robert Harris; El poder en la sombra, a la sazón también coguionista con el propio Polanski-; la mirada se construye a base de la creación de atmósferas y detalles, cuyo perfilado y milimetrado tempo narrativo facilita la economía en el relato, sin perder el ritmo con sus preciados crescendos -se alternan las notas agudas con las graves, como ajustadísimos subrayados de los estados emocionales o por el contrario sugieren anticipaciones del peligro y lo inquietante, a ello justifica la composición sonora de Alexandre Desplat-, hasta formalizar un turbulento Mcguffin, que subvierte el género como pura abstracción paranoica, desgarrada y maligna, siempre desencantada y cínica, que estalla en humor ácido, con unas solo precisas gotas autobiográficas, nada aparentes, sobre la identidad y la pérdida de la misma, o la suplantación de la personalidad, que del mismo modo trasforma en obsesión, más bien en obsesiones, dentro de gélidas atmósferas cerradas (un bunker como vivienda) o abiertas (paisajes desérticos, donde se advierte el peligro y la inestabilidad), siempre delimitadas con sus situaciones casi Kafkianas, cuya percepción de lo real como pura ambigüedad, siempre irresoluble, subscribe un existencialismo tormentoso, más bien claustrofóbico, que hace del desequilibrio individual fruto del juicio ajeno, participado por una composición aparentemente neutra de los encuadres -ayuda la iluminación de Pawel Edelman-, que no oculta trucajes ópticos, por no hablar de la cámara estática con los protagonistas en primer plano y otros secundarios en segundo plano -suficientemente puestos estos, como para resultar inquietantes a la vez omnipresentes-, o esos otros planos que ofrecen una perspectiva semisubjetiva del protagonista.

10.14.2009

Home

A veces ocurre que en un único fotograma presentimos una gran película. Ya sea por su composición, por su paisaje, por sus colores o por las expresiones y movimientos de quienes aparecen en él. Esto mismo me sucedió a mí cuando vi el cartel de Home, con Isabelle Huppert vestida de los años sesenta atravesando a pie un atasco en el que decenas de vehículos se perdían en el horizonte.

La sobresaliente opera prima de la suiza Ursula Meier, una joven directora que ha construido una acertada metáfora de la vida contemporánea en una suerte de road movie invertida, recuerda al mejor cine independiente americano. Road movie porque todo se desarrolla en paralelo a una carretera, constituida ésta como un personaje más. E invertida porque los personajes no emprenden el viaje iniciático, sino que su felicidad reside en su apego al hogar.

No sabemos qué le ha podido pasar a esta peculiar familia, en la que todo gira en torno a la matriarca –paradójicamente la más débil del clan-, para que un día decidan construir su casa en un inerte paraje aislado del mundo, donde las obras de una nueva autopista se anuncian desde hace tiempo. Por eso la armonía de estos padres y sus tres hijos, empieza poco a poco a marchitarse cuando los primeros coches comienzan a circular por la autovía recién inaugurada. La amenaza inminente que se cierne sobre ese oasis en medio del caos de una sociedad de la que tratan de huir (una sociedad cualquiera, en ninguna época concreta, he ahí uno de los puntos fuertes de la historia, su cualidad de universal), destapará progresivamente las fobias y obsesiones de cada uno de los personajes, que irán perdiendo su vínculo familiar para sobrevivir ahora de forma individual.
Mezclando puntos de vista y jugando con lo cinematográfico y lo documental, la realizadora y su fotógrafa, Agnès Godard, elaboran un correctísimo ejercicio de dirección, para componer una parábola inusual de las sociedades modernas. Recuerden su nombre, porque Ursula Meier es una de las nuevas promesas del cine europeo.

Año: 2008
Dirección: Ursula Meier
País: Suiza
Guión: Ursula Meier, Antoine Jaccoud, Olivier Lorelle, Gilles Taurand, Raphaëlle Valbrune
Fotografía : Agnès Godard
Intérpretes : Isabelle Huppert, Olivier Gourmet
Andrea Franco

Up

Hay que remontarse un poco atrás para recordar que hubo un momento en que la prolífica factoría Disney, creadora de clásicos como Alicia en el país de las maravillas o El Rey León, parecía algo agotada. Los estudios que habían conseguido hacer un cine infantil apto para adultos, empezaron un día a quedarse sin recursos. Fue entonces cuando sus directivos decidieron comprar una nueva fábrica de sueños. Su nombre era Pixar y simbolizaba el futuro. La animación por ordenador. De allí salió, tras varios cortometrajes que datan de mediados de los años ochenta, la que se considera su carta de presentación; Toy Story aterrizó en las pantallas en 1995, arrastrando consigo una ligera polémica que dividió a los espectadores entre aquellos nostálgicos que preferían los dibujos animados de toda la vida, y los que daban una calurosa bienvenida a esta nueva forma de animación basada enteramente en un software informático.
Con los años, sin embargo, Pixar consiguió romper con las barreras de la melancolía para ganarse a una audiencia que cada vez ha ido aplaudiendo con más fuerza cada nuevo proyecto. Monstruos S.A., Los increíbles o Wall-E, conquistaron a la crítica y al público. Pero esperen a ver Up y definitivamente tendrán problemas para conciliar el sueño la noche antes de cada nuevo estreno pixariano.

Ante la amenaza de unos impíos inversores que obligan al señor Fredricksen a derruir su hogar para construir Dios sabe qué feísmo urbanístico (el pan nuestro de cada día), el protagonista decide levantar el campamento y emprender un viaje a bordo de su propia casa. Up es ese vuelo fascinante lleno de coloridas escalas. Como las palomas elevaban al Principito por el Universo, un inmenso ramo de globos de colores transporta al señor Fredricksen y a su casa por los cielos. Así arranca una gran aventura llena de intrépidos personajes para quienes la mano tecnológica ha prestado atención al mínimo detalle. Decenas de expresiones dan vivacidad a estas creaciones informáticas. Cuando el objeto más insignificante –el vello de una patilla- cobra más vida que la vida misma, cuando a uno le parece oler las nubes o sentir vértigo, cuando nota que los animales huelen su miedo, entonces, estará viviendo la experiencia Pixar. Up es una obra maestra de nuestro tiempo.


Año: 2009
País: USA
Dirección: Pete Docter, Bob Peterson
Guión: Bob Peterson
Andrea Franco

Ponyo en el acantilado

Recuerdo la primera vez que vi El viaje de Chihiro, la película con la que me inicié en el particular universo de Hayao Miyazaki. Me impresionaron sus oníricos y fantásticos personajes, su mágica puesta en escena, el mundo paralelo al que me transportaba ver aquellos dibujos; pero recuerdo especialmente una escena en que los padres de la criatura protagonista, se convertían poco a poco en cerdos a medida que engullían cada plato de un suculento festín. Una sutil crítica –entre otras- al embelesamiento que producen los cantos de sirena, representados aquella vez por un oscuro paraje disfrazado con atractiva ornamenta.

Con Ponyo en el acantilado, la última creación del estudio Ghibli –abanderado por este sorprendente animador- Miyazaki retoma el mito de la Sirenita. Aquí, toda una corte de extraños personajes puebla este relato fantástico: desde el andrógino y exuberante padre de la pequeña pececilla, un presumido villano de pelirroja melena que sobrevive a base de elixires de juventud, hasta la propia Ponyo, un –gráficamente- diminuto personaje, que en sus pequeñas dimensiones es capaz de transmitir decenas de expresiones.

Miyazaki, quizá un autor aún desconocido pero que, sin duda se convertirá en un director de culto, es un ejemplo más de que los dibujos animados son igualmente válidos para los adultos. Ponyo ya cautivó en la pasada edición de la Mostra de Cine de Venecia, donde se llevó cinco minutos de aplausos; yo estoy segura de que nadie saldrá del cine sin una sonrisa.
Título original: Gake no Ue no Ponyo
Año: 2008
País: Japón
Dirección: Hayao Miyazaki
Guión: Hayao Miyazaki

Andrea Franco

Vacaciones de Ferragosto

Hoy, que para tratar de hacer reír al público los guionistas se decantan por lo soez y la vulgaridad, por la falta de gusto y la broma fácil, me extraña y me agrada encontrarme con una comedia inteligente e ingeniosa que, como no podía ser de otra manera, llega de Italia –un pueblo que desde siempre ha demostrado un admirable valor para reírse de sí mismo-.

Ambientada en la Roma actual, Vacaciones de Ferragosto cuenta la experiencia de un hombre acosado por las deudas que vive con su madre en un pequeño apartamento y que, víctima de un soborno, se verá de pronto a cargo de varias ancianas caprichosas y egoístas que reclaman su atención minuto a minuto. Al final, el martirio de este hombre es tal que uno puede sentir su desesperación, conviviendo por momentos con ellos en esa angustiosa vivienda, al cuidado de esta pandilla de señoras, y deseando mandarlas al infierno en cuanto surja la oportunidad.

La cámara de Gianni di Gregorio –intérprete, realizador y guionista al mismo tiempo- se mueve despacio al principio, sosegada, desde lejos, en la calma en la que habitan este hijo y su madre, hasta que llega el caos y con él, un ir y venir de imágenes galopantes que transmiten perfectamente el progresivo agotamiento del protagonista.

Una joya en la grisácea cartelera de verano, que acostumbra a deleitarnos con el mejor cine de la temporada. No dejen de verla y, si es posible, en versión original, para apreciar el gran trabajo de este pequeño coro de actores.

Título original: Pranzo di Ferragosto
País: Italia
Año: 2008
Dirección: Gianni di Gregorio
Guión: Gianni di Gregorio (historia de Simone Riccardini)
Fotografía: Gian Enrico Bianchi
Intérpretes: Gianni di Gregorio, Valeria de Franciscis, Marina Cacciotti, Maria Calli, Grazia Cesarini Sforza

Andrea Franco

5.10.2009

Los hombres que no amaban a las mujeres

Después de batir récords de ventas en la taquilla sueca, llega a España la adaptación cinematográfica del best-seller de la temporada. La primera parte de la trilogía Millenium, firmada por Stieg Larsson y llevada a la pantalla por Niels Arden Oplev, introduce, en esta entrega, los preliminares de una larga historia marcada por la venganza. Este primer relato presenta a Mikael Blomkvist, un periodista querellado por publicar un presunto delito de fraude fiscal contra un empresario. Antes de los seis meses que le quedan para que se haga efectiva su condena, un antiguo directivo industrial se pone en contacto con él para que le ayude a encontrar a su sobrina, desaparecida hace 40 años. Lisbeth Salanber, una misteriosa y enigmática hacker, ayuda al periodista con la investigación. Esta Lisbeth, joven, inadaptada, calculadora y vengativa (el personaje más sólido del film –y auténtico protagonista-), posee un truculento pasado que se presenta fugazmente en la película con un par de flashbacks que anticipan la segunda parte de la trilogía. Así, la enrevesada y resuelta trama de Los hombres que no amaban a las mujeres, se cierra para dar paso a La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina.

Si bien en la película se han pasado por alto ciertos elementos de la novela, como el hecho de que el protagonista sea un mujeriego –en el film parece todo lo contrario-, o el tratado de economía sueca que se explica en el libro –y que, gracias a Dios, han decidido omitir-, hay por otra parte, aspectos que deberían obviarse, sin subestimar la inteligencia del espectador para que éste trate de averiguarlos por sí mismo.


En el cine de suspense, existen dos formas de resolver la historia. Aquellas que, una vez que han presentado todas las piezas del puzzle terminan por colocar hasta la última parte del rompecabezas, y aquellas que, sutilmente, dejan que sea el espectador el que saque sus propias conclusiones, aun cuando algunos aspectos permanezcan en el aire. Y es aquí donde peca la historia, que explica demasiado y que apenas da al espectador un momento de reflexión.

Por eso, por querer contarlo todo, han tenido el acierto de estructurar cada uno de estos tres volúmenes –de unas 600 páginas cada uno- en tres películas de 145 minutos. Me fastidia la tendencia actual a martirizar al espectador con un visionado de casi tres horas aunque cierto es que, en este caso, la novela lo exige, pero ¿no habría sido mejor penitencia adaptar la historia en formato mini serie?


Título original: Män som hatar kvinnor (Millenium I)
Año: 2009
País: Suecia
Dirección: Niels Arden Oplev
Guión: Nikolaj Arcel y Rasmus Heisterberg (novela Stieg Larsson)
Fotografía: Eric Kres
Reparto: Michael Nyqvist, Noomi Rapace, Sven-Bertil Taube, Peter Andersson

Andrea Franco

Un cuento de Navidad

Cuando en una película norteamericana vemos cómo las familias celebran el día de Acción de Gracias, uno no puede dejar de preguntarse si todo es en verdad tan maravilloso y edulcorado como lo pintan. En esta fiesta parecen disolverse los rencores que habitan en los más ortodoxos clanes, y eso no deja de ser inverosímil y muy made in Hollywood. Y de dónde sino de Europa tenía que llegar la visión realista. Aunque un poco a destiempo y casi entrado el verano, llega a España Un cuento de Navidad, un film francés que parece llevar implícito el sello trágico de la Europa sufrida.

El director, Arnaud Desplechin, explicó que “las películas de vacaciones navideñas son un género en sí mismo, especialmente en Estados Unidos. Yo empecé con este cliché, pero con personas y contexto franceses, y he intentado mejorar algunas de sus reglas”.

El realizador narra esta historia de una familia disfuncional de un modo teatral y psicológico. La matriarca del clan, una estupenda Catherine Deneuve, padece una enfermedad genética que exige de un trasplante de médula por parte de alguno de sus parientes. El conflicto surge cuando los dos únicos miembros compatibles son un hijo repudiado (Mathieu Amalric, uno de los mejores actores que ha dado el cine francés reciente) y un nieto esquizofrénico. Los personajes entran y salen de las escenas recitando sus miserias y preocupaciones como si le hicieran su confesión al espectador. Ataques de ira, lamentaciones e ironías se entrecruzan en el drama de esta familia en la que un padre ejemplar clama a gritos el perdón.

Y esta es la pregunta que lanza la película: ¿es posible la redención? Un término muy bíblico ya que hablamos de Navidad… ¿O el rencor permanecerá para siempre disfrazado de cálida sonrisa en las reuniones venideras?

Casi hacia el final de la historia, el hijo rechazado aparece junto a su madre en una triste misa del Gallo y se pone en pie para rezar en alto, y no busca tanto el perdón como la explicación al porqué de tanto odio. Quiere acabar con las incógnitas que le acosan y desesperan, con las preguntas sin respuesta en torno a qué ha podido haber hecho mal. Pero Desplechin no las revela, porque esto no es una película americana.

Título Original: Un conte de nöel
Año: 2008
País: Francia
Director: Arnaud Desplechin
Guión: Arnaud Desplechin y Emmanuel Bourdieu
Fotografía: Eric Gautier
Intérpretes: Catherine Deneuve, Jean-Paul Rousillon, Mathieu Amalric, Anne Cosigny, Melvil Poupaud, Emmanuelle Devos, Chiara Mastroianni.


Andrea Franco

Sicko

¿Cómo puede la nación más poderosa del planeta flaquear en lo más básico? ¿De qué puede presumir esta nación, que da la espalda a más del sesenta por ciento de sus ciudadanos? “¿Quiénes somos? ¿Cómo hemos llegado a esto?” –se pregunta Michael Moore, quien destapa, en su último trabajo, la realidad del sistema sanitario de Estados Unidos.

Sicko revela el día a día de las distintas corporaciones médicas y aseguradoras, que se mantienen unidas en una campaña sin fin con el único objetivo de obtener el mayor número de beneficios posible. Utilizando como sicarios a prestigiosos doctores que avanzan en su carrera profesional en función del ahorro que propicien al centro, estas entidades rechazan por doquier los diversos tratamientos que demandan sus pacientes. Pero esto ya lo sabíamos, la crueldad del sistema médico norteamericano, que se niega a atender a aquellos ciudadanos que no pueden permitirse un seguro médico no es ninguna novedad. Lo que muestra el documental es la vergüenza de estos ciudadanos norteamericanos, quienes terminan abrazando y agradeciendo al mismísimo enemigo cubano, la atención que la tierra de las oportunidades les arrebata.

El propio Moore termina agachando la cabeza al conocer cómo funcionan las cosas en países como Francia, Reino Unido o Canadá –a donde cruzan con frecuencia los vecinos estadounidenses para solucionar sus problemas médicos con diversas estratagemas.

El patriotismo del director, o lo que es lo mismo, su sentimiento antifrancés o anticubano, merma de forma progresiva a lo largo del documental, y no porque le escandalice la sanidad de su país –que también-, sino porque sobre todo, le sorprende la buena cobertura de los otros países. En su periplo a lo largo del globo, Moore se reúne con médicos, enfermos y farmacéuticos que le relatan el funcionamiento de sus respectivos servicios sanitarios, y no con orgullo, sino con sorpresa de que en la próspera Norteamérica no existan estos “lujos” –como los califica el propio director.

Bowling for Columbine, el documental ganador del Óscar en 2002 que arremetía contra la generalización de la violencia en Estados Unidos, o Fahrenheit 9/11, que destapaba siniestras verdades sobre los atentados de las torres gemelas, popularizaron a un cineasta que no puede evitar quedarse de brazos cruzados ante las incongruencias de su país. Pero Michael Moore ha madurado con los años, y en Sicko, la figura graciosa y descarada que pudimos ver en sus trabajos anteriores, deja paso ahora a un personaje concienciado y cabreado con lo que le rodea. Las apariciones del cineasta son selectas, esta vez; cuando aparece ironiza, pero en su rostro se muestra una incomprensión sin ensayo previo. Y digo cineasta y no documentalista, porque al margen de que sus filmes sean vistos como discursos políticos, no deja de ser cine desde el comienzo hasta el final, utilizando, para narrar sus documentales, recursos narrativos presentes en algunas de las mejores obras cinematográficas.

Moore, que realizó el film en 2007, desconocía el futuro inmediato que se cernía sobre Norteamérica; desconocía que Obama iba a ser la próxima esperanza para atender sus llamamientos. Ahora sólo queda esperar. God bless America…

Título original: Sicko
Año: 2007
País: USA
Dirección: Michael Moore
Guión: Michael Moore
Duración: 123 min.

Andrea Franco

Déjame entrar

El director Tomas Alfredson, retorna a la silente y oscura Suecia de los años ochenta y la utiliza como telón de fondo de este drama en clave fantástica. Fiel a la novela de John Ajvide Lindqvist –quien también colaboró en la adaptación del guión-, el realizador explicó que el deseo de ambientar esta historia en este lugar y en esta época, no es otro que recordar que la sociedad sueca era, por aquel entonces, una gente callada y taciturna. La ya de por sí fría región, sumida esta vez en pleno invierno, acentúa la frialdad de un relato que, paradójicamente, desprende calor a raudales por la enternecedora trama que construye alrededor de sus dos protagonistas.
Oskar es un joven inadaptado para quien el colegio supone un auténtico infierno. Sus padres –separados desde hace algún tiempo, pero con los que mantiene una sana relación- ignoran el calvario que vive su hijo cada mañana. El joven imagina, en sus ratos libres, crueles venganzas que ejecuta sin piedad contra sus agresores. Hasta que un día, llega al barrio una “pequeña” vampiresa con la que iniciará un curioso romance. Lo que resulta hermoso de la historia no es observar el amor que va surgiendo entre ambos, sino su tenaz insistencia en hacerlo posible y real, aun teniendo la certeza de que dos mundos muy distintos les separan. Esta idea sirve, asimismo, como metáfora del título del film, que se refiere a uno de los mitos más desconocidos en torno al vampirismo, el de que sólo pueden entrar en una casa si les han dado permiso primero.

El autor de la novela homónima, concluía, al final de la misma, con que “todo lo narrado en este libro ha ocurrido realmente, aunque no de esta manera”. La historia es la biografía de Lindqvist –y la de todos nosotros, al fin y al cabo- aderezada con un toque de fantasía; y aquí caben múltiples interpretaciones, ya sea el deseo del joven de evadirse de su difícil adolescencia a través de la invención de personajes mágicos, o ya sea convertir a su sangrienta compañera en un trasunto de lo que podría ser él mismo para, de este modo, hacer uso de la justicia de la que hasta ahora ha sido incapaz.

Déjame entrar, que ha obtenido los galardones a Mejor Película en los festivales de Tribeca y Göteborg, se estranará en España el próximo 13 de abril, y atención, porque aunque es apta para todos los públicos, no es en absoluto una película para niños, en el sentido de que no van a saber apreciarla, no van a necesitar una vuelta momentánea al pasado como sí harán los adultos cuando se enfrenten a este drama, cuando recuerden el primer amor, la soledad y la incomprensión de los primeros años de nuestra vida.

Y más allá de cómo va evolucionando la trama, asistimos a un ir y venir de imágenes cuyos planos no parecen estar en ningún momento elegidos al azar. Escenas que no evocan sino poesía y belleza cada vez –dentro incluso de lo sanguinario de alguna de ellas-, lentas, pausadas pero manteniendo al espectador expectante y alerta. No dejen de verla.


Título Original: Låt den rätte komma in (Let the right one in)
Año: 2008
País: Suecia
Director: Tomas Alfredson
Guión: John Ajvide Lindqvist
Fotografía: Hoyte van Hoytema
Intérpretes: Kare Hedebrant, Lina Leandersson

Andrea Franco

El vuelo del globo rojo

En una pequeña obra maestra de 1965 titulada El globo rojo, Albert Lamorisse, un injustamente olvidado cineasta francés, realizó, en un mediometraje de poco más de media hora, un hermoso elogio a la imaginación de la mano de un niño de cuatro años y el globo rojo del título. Entre el pequeño y el juguete, surgía rápidamente una tierna complicidad que finalmente se vio frustrada tras la “muerte” del globo. Lamorisse, para no despojar al muchacho del mundo idealizado que éste se había formado, creó un final feliz en el que todos los globos de la ciudad, en un acto de duelo y solidaridad, recogían al niño y lo elevan por los aires como la bandada de palomas que transportaba al Principito por el universo.

Hoy, uno de los realizadores orientales más interesantes de nuestro tiempo, el taiwanés Hou Hsiao Hsien, emula a Lamorisse en una suerte de remake que introduce elementos de Oriente. Así, El vuelo del globo rojo, vuelve a poner en escena a un niño y a un globo, pero con la novedad de que ahora es una joven china la que tiene esa complicidad con la bola, es ella la que trata de hacer que el niño imagine al objeto sobrevolando las calles de París.

Pero la fórmula no funciona; el niño no provoca la ternura que despertaba su antecesor, y la idea de la taiwanesa como hilo conductor entre el pequeño y el globo no surte efecto ni en la propia película –el crío prefiere jugar al pimball-. Sólo la madre del pequeño, una Juliette Binoche convertida en una especie de Erin Brockovich, consigue darle un poco de fuerza a un relato que termina haciéndose tedioso.

La idea del globo como motor del film se queda aquí corta, sin especificar el sentido que pueda tener con el resto del argumento, salvo el deseo de la joven de filmar una película sobre estas esferas.

La cámara baila al compás de la gran bola roja por las calles parisinas, con movimientos evidentemente más sofisticados que en la original, pero que tan sólo sirven para exhibir la maestría del director con la cámara.

Título original: Le voyage du ballon rouge
País: Francia
Director: Hou Hsiao Hsien
Guión: Hou Hsiao Hsien, Fraçois Margolin
Fotografía: Yorick Lesaux, Lee Ping Bing
Intérpretes: Juliette Binoche, Simon Iteanu, Song Fang

Andrea Franco